La imaginación -potencia destructora de lo imaginario- puede producir belleza, pero la belleza aniquila la potencia de la imaginación. Bien lo supo Sade: la fealdad llama a la descripción; la belleza sólo es enunciable. La belleza destruye el lenguaje que viene anunciar el ser mismo de la cosa bella. La fealdad pone la potencia del lenguaje en el centro de la escena: desea transformar la imagen de la cosa fea.
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